Las naves del Tarajal siguen siendo escenario de dos realidades que conviven a escasos metros. Por un lado, los comercios que intentan mantener sus puertas abiertas. Por otro, los asentamientos donde decenas de personas, entre ellas numerosos menores, pasan los días esperando una oportunidad.
Este lunes, El Faro se ha desplazado hasta la zona para conocer cómo viven esta situación quienes trabajan allí y quienes han convertido este espacio en su alojamiento mientras esperan “una solución”.
Comercios afectados
Nisrim, comerciante, recibe a este periódico en uno de los negocios situado junto al asentamiento. Es la encargada de una tienda y reconoce que la situación empieza a pesar sobre la actividad.
“Evidentemente la gente tiene un poquito de miedo, no le gusta venir en esta situación, en las condiciones que estamos ahora mismo”, explica.
Cuenta que algunos clientes habituales han dejado de acudir. Personas que antes se acercaban con frecuencia a comprar perfumes ahora sienten cierto pudor ante la imagen que encuentran en los alrededores. El olor también juega en contra.
Limpieza, cambio evidente
La comerciante recuerda la limpieza realizada hace aproximadamente una semana. En su puerta, dice, el cambio fue evidente.
“Ya no hay esas botellas que había antes de pipí, no está el asentamiento, ya no hay ese olor en esta parte de aquí”, relata.
Pero basta con avanzar unos metros para comprobar que la situación cambia. Más abajo permanecen asentamientos y continúan los malos olores que afectan a otros negocios.
Nisrim considera necesaria una limpieza periódica. Su comercio, explica, ha quedado en una zona algo más despejada, pero otros compañeros siguen soportando las consecuencias.
“Les cargamos los teléfonos”
Reduan también trabaja en las naves. Su negocio se encuentra junto a los asentamientos y conoce de cerca a quienes viven allí.
“Les damos un poco de agua, a veces les cargamos los teléfonos, pero la verdad nos llevamos bien con ellos, nos respetan”, cuenta.
Cuando llega a trabajar, según cuenta, los menores se apartan para facilitarle el acceso. La convivencia diaria le ha permitido conocer algo más de sus historias y este hombre ha podido relatarlas a El Faro.

Reciben dinero de sus familias
Algunos reciben dinero de sus familias. Otros salen a pedir. Entre ellos también surgen discusiones por pequeñas cantidades de dinero o incluso por un cigarrillo. Son escenas de una vida marcada por la espera y la precariedad.
Además, hay una imagen que permanece en el recuerdo tras una noche marcada por el miedo: el fuego.
Temor por el incendio
“Pensaban que estaban quemando las naves”, dicen los menores, quienes aseguran haber vivido el suceso con gran temor.
Los menores también sintieron miedo. Para quienes duermen en chabolas, un incendio supone una amenaza directa. Viven pendientes de lo que ocurre alrededor y con la incertidumbre de no saber cuánto tiempo tendrán que permanecer allí.
Menores que quieren llegar a España
Entre ellos hay jóvenes de 16, 17 y 19 años. Algunos han llegado con una idea muy concreta: encontrar trabajo y comenzar una nueva vida en España.
Reduan explica que muchos recibieron información de amigos o conocidos a través de Facebook. Les hablaban de oportunidades, de empleo y de una vida que, desde lejos, parecía mucho más sencilla.
La realidad que encontraron en Ceuta ha sido otra. “Ellos piensan que en España hay trabajo, es muy difícil, han venido engañados”, cuenta Reduan, quien hace de traductor entre los menores y este periódico.
Echan de menos a sus familias, pero no volverán
Ahora pasan los días como pueden. Van a la playa, buscan agua y tratan de cubrir sus necesidades básicas. Algunos echan de menos a sus familias. Otros aseguran que quieren continuar hacia la Península.
También hay quienes se han cansado y han decidido regresar con sus familiares. “Muchos se van”, explican, haciendo referencia a que algunos cruzan de vuelta la frontera de forma voluntaria, pero los que permanecen siguen esperando.
“No comen, no beben”
“No comen, no beben”, trasladan durante la conversación. Sus palabras reflejan el cansancio de quienes llevan días viviendo en unas condiciones que ellos mismos describen como muy duras.
A pocos metros, los comercios continúan abiertos. Los trabajadores levantan la persiana, atienden a los clientes y tratan de mantener sus negocios en marcha, pero se les está haciendo cuesta arriba.
En las naves del Tarajal cada jornada deja una historia distinta. Comerciantes que piden recuperar la normalidad, menores que miran hacia la península y personas que, mientras esperan una solución, continúan buscándose la vida.






Pocos amigos les pueden hablar de trabajo en España porque ninguno trabaja, a no ser de caco. Dejad ya de blanquearlos, no me importan nada.