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Las pantallas, un soldado más

Por Adrián González
02/07/2015 - 05:13
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Las guerras se ganan en las trincheras y en los campos de batalla, pero también alimentando una maquinaria propagandística que desde hace siglos funciona bajo un esquema, en apariencia, bastante simple: maximizar las victorias y minimizar las derrotas para que la moral ciudadana no decaiga.

El cine que echó andar a finales del Siglo XIX encontró en  la barbarie bélica un inesperado filón. Para un bando y para el otro. E incluso entre los países neutrales, España incluida. De ese juego de transformar documentales y películas en mensajes más o menos explícitos, más o menos subliminales, trató la conferencia que pronunció ayer Josefina Martínez en el marco de los Cursos de Verano de la UNED.
Senderos de gloria, Adiós a las armas, Gallipoli, La reina de África, Lawrence de Arabia, Sin novedad en el frente... Todas retrataron algún pasaje de la I Guerra Mundial. En distintas épocas y la mayoría en una etapa dorada del celuloide, la de las grandes producciones, pero las dos facciones en conflicto descubrieron mucho antes el poder de colocar el invento de los Lumiere al servicio de sus intereses. No fue fácil, recordaba ayer la historiadora, porque en la Gran Guerra, al contrario de lo que ocurrió en la Segunda con Hitler, no había a los ojos de las grandes masas “un malo claro”. Tampoco estaba perfeccionada la técnica, de forma que los primeros documentales propagandísticos eran densos, aburridos y limitados a desfiles militares, sin acción.
La experiencia se encargaría de saltar sobre esos obstáculos y España, neutral en el periodo 1914-18, se convirtió en un auténtico laboratorio. “El cine se convirtió en un soldado más”, detallaba ayer de forma explícita Josefina Martínez. Los alemanes, por ejemplo, crearon su Servicio de Información para España para distribuir aquí sus propias producciones, que controlaban los cónsules en distintos puntos del país y que según sus propias versiones llegaban a reunir a entre “1.500 y 4.000 espectadores” que pagan 2 pesetas. Pese a todo no resultarían demasiado atractivas y las críticas de la época las tacharían de “gris cursilería militar”, quizás por su obsesión por la figura del Kaiser.
Los aliados, por su parte, no arrancarían su ofensiva propagandística en España hasta 1917, desmoronado ya el frente ruso. El Círculo Interaliado de Propaganda Cinematográfica llegó a desplegar sus 78.000 metros de película en el Teatro Benavente de Madrid, alquilado para ese fin. Tampoco se quedó atrás EEUU, que puso también en marcha su artillería fílmica para difundir en nuestro país su modelo de vida made in USA. Eso sí, asumían que por la época no gozaban de mucha simpatía entre los españoles, a los que en 1898 les habían arrebatado Cuba.

Un siglo en las pantallas
La Gran Guerra extendió sus tentáculos hacia el cine, pero terminada la contienda el sector encontró en la contienda un auténtico filón para llenar salas. “No ha habido gran director que no haya rodado una película sobre la Primera Guerra Mundial”, recordaba Martínez. Las de los años 20 y 30, reciente aún la cicatriz bélica, estaban inundadas de pacifismo o una vertiente incluso cómica, como Armas al hombro, con Chaplin en papel estelar. Alas o Sin novedad en el frente ahondarían en ese alegato antibélico.
Los años 50, con la Segunda Guerra Mundial ya finiquitada, sería el momento de cuestionar a los mandos. Kubrick y su Senderos de Gloria, prohibida en Francia hasta los 70, tocaría la llaga. Los años 70 y 80 se verían impregnados por el antimilitarismo que emanaba del lejano Vietnam y los 90 dejarían llevar a las producciones por la senda del romanticismo y el heroísmo. Caballo de Guerra, nacida de la imaginación de Spielberg, es una de las últimas muestras.

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