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impulsando la radicalidad

Por Hugo de Lara
10/04/2014 - 09:07
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Las decenas de policías heridos debido a la actividad de grupos de radicales al término de la “Marcha por la Dignidad”, celebrada el 22 del pasado marzo, han colmado los medios de este país con toda clase de reflexiones, sin obviar las vertidas por las escuadras políticas, en la línea de lo que se suele esperar de ellos.

Sin embargo, en este cóctel de opiniones he echado en falta un punto de vista de peso que plantee la necesidad de analizar por qué un sector, aunque radical, cuenta con la motivación suficiente como para proyectar un movimiento común hacia la capital con gran variedad de herramientas y prácticas estratégicas previamente enarboladas. Las razones esgrimidas de que los radicales siempre están presentes o de que la táctica policial fue lamentablemente proyectada, entre otras tantas, no me parecen adecuadas para resolver la esencia de lo planteado.
Probablemente una actuación de mayor corrección y concreción por parte de las Unidades de Intervención Policial hubiera rebajado el incuestionable peligro que corrieron los agentes y, por lo tanto, los civiles ajenos a la violencia, pero ello seguiría sin arrebatar la pretendida saña de las agresiones ejecutadas por los radicales, ni su considerable número, ni la preparación previa que hemos citado. No menos interesante me parece la respuesta que gran parte de la población ha dado a los hechos acaecidos, como bien puede comprobarse, por ejemplo, en las diversas redes sociales o en los comentarios publicados en los distintos medios digitales, en los que se ha mostrado cierto desdén por la integridad de los agentes de seguridad. De alguna manera, se ha identificado la acción de los radicales como un movimiento de rechazo ante un sistema desequilibrado, el cual, en los últimos tiempos, ha magullado al pueblo español de forma extraordinaria destrozando los elementos esenciales de su vida hasta el momento.
En este sentido, creo que la situación reciente de España ha conseguido multiplicar la radicalidad en la población, con el aumento de adeptos a sectores de este carácter que ello suele suponer. El aumento del odio ante una situación drástica se ha transformado en una furia inusitada canalizada, cómo no, a través de la violencia, pero meditada en su objetivo de hacer el mayor daño posible. Además, considero, por mera obviedad, que dichos grupos radicales han de haber tenido conciencia del malestar de la población española y, por ende, del posible apoyo (parcial y pasivo en su mayoría) que podrían recibir sus acciones a través de foros sociales masivos donde reina el anonimato (en la mayor parte de los casos). Aunque en la práctica no tiene un significado especial puesto que la Justicia juzgará a los agresores y la vida democrática seguirá su curso, este hecho sirve para legitimar, parcial y pasivamente, la violencia, uno de los fines de los radicales.
Sinceramente, pienso que nadie puede exigir a la población que, desde el ímpetu de sus necesidades, no acabe justificando este tipo de acciones porque, realmente, el ardor no le permite sopesarlas con el detenimiento adecuado. El ataque contra los que capitanean el poder desde un gobierno que les ha causado la ruina es tomado más como un movimiento de rebelión y revolución románticas que como el grave acto que realmente es. En todo caso, si la población tiene cierta culpa por su temeridad pasiva, también ha de culparse al Estado por generar el odio que lleva tiempo instaurándose en los ciudadanos debido a sus nefastas políticas, que están afectando de lleno no sólo al bienestar de los españoles sino a su propia supervivencia.

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