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Después de ti

Por M. Carmen García Tejera
21/11/2023 - 04:08
despues-ti-jorge-de-arco
Imagen cedida
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“A mi madre, cielo en la tierra. In memoriam”. Esta escueta dedicatoria nos introduce en el último poemario de Jorge de Arco (Madrid, 1969). Sobra cualquier aclaración: es la elegía que un hijo poeta dedica a su madre, transcurridos ya varios años de su muerte. Muerte, que no desaparición. Ausencia que intensifica cada día su presencia -ya irrenunciable- en el hijo huérfano que ha de recomponer su vida, que debe reiniciar el duro aprendizaje para poder seguir viviendo “después de ti”. Y lo intenta construyendo unos versos que, aunque rebosan dolor, impotencia y desamparo, lo anudan -ya por siempre- a esa “alfarera distinta” que le dio la vida.

Estamos ante un profundo y hondo lamento; ante una meditación sobre la vida, pero muy especialmente, sobre las vivencias más íntimas y personales del amor filial que se desarrolla en veintiséis composiciones: la primera –“Era su arquitectura,…”- da paso a dos grupos de poemas que se cierran con uno, a modo de coda, “A la deriva,”. En el primer grupo, el poeta rememora esos momentos inmediatamente posteriores al fallecimiento. ¿Cuerpo presente? Sí, y esa es la primera gran tragedia: “palpar la luz de su después, / saber que tras sus ojos no queda otro latido / sino un cuerpo que ya / no sana ni pregunta si es su hora.”. Y a partir de ahí se acumulan las contradicciones: el “frío áspero” que desprende el beso a la “abuela de las manos más calientes”, la transformación que experimenta todo el entorno tras el paso de la muerte, así como los grandes interrogantes, presididos por el clásico Ubi sunt? -“¿Adónde fueron tus canciones, / a dónde / la pulpa de tu sol, / la yema de tu aliento?”-, que enlaza de inmediato con la angustia de no saber cómo se sobrevive a la muerte de un ser amado: …“sería bueno / que te quedases, / y así decirnos, / cómo vengar tu muerte, / cómo vivir en paz.”

Los poemas integrados en el segundo grupo están cargados de evocaciones, de recuerdos felices compartidos con la madre (especialmente sugestivos los que tienen como escenario la playa de la niñez, las imágenes con fondo marino…). Pero, en conjunto, estos poemas nos trasladan unas profundas reflexiones sobre el paso del tiempo: nos remiten a la acción devastadora de la muerte, paradójicamente más intensa cuanto más tiempo transcurre, pero también hacen que cada uno tome conciencia del progresivo acercamiento a su propio final: “Y así mi historia, / la misma que reúne entre los ojos / los ecos de mi origen, / comienza a ser, tal vez, cellisca, / tal vez mudanza, rojo sol. / O hueco oscuro.”

¿Es posible recuperar de algún modo a quien perdimos? Sí; es el poder de la memoria, la que nos lleva a buscar la huella de su paso en “un lugar muy cercano / a lo que en tanta muerte vive después de ti.” Y, sobre todo (como constatamos en el poema que cierra el libro, siguiendo las imágenes relacionadas con el mar) en iniciar con ella una aventura en barca “a la deriva”, que “no tiene otro rumbo / que el sol de tu memoria.”. Y es, también, uno de los mayores logros de la palabra poética. Una palabra que -siempre a lomos del dolor- consigue fluir en estos poemas con la serenidad de quien ha conseguido transformar ese íntimo sufrimiento que provoca la desaparición de un ser tan querido como es una madre en la recomposición de la propia vida, marcada ahora por la intensa búsqueda de ese amor que permanece más allá de la muerte.

Recuerdo las palabras que pronunció el poeta argentino-mexicano Juan Gelman en 2008 al recibir el Premio Cervantes que le había sido otorgado el año anterior: “Ahí está la poesía: de pie contra la muerte”. Es el desafío que plantea Jorge de Arco en estos poemas en los que combate y vence el poder destructor de la muerte con la belleza de sus imágenes, con la cadencia de sus versos, que custodian la memoria de la madre ya por siempre.

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