Son más de 50 días de tensión en Ceuta. Más de 50 días en los que, lejos de ver la luz al final del túnel, solo asoman más problemas. Ceuta se ha convertido en una olla a presión, en un auténtico polvorín.
La gente está cansada, está mal psicológicamente. Y eso es lo peor, ese daño en la salud mental que desequilibra a una sociedad que se mueve entre el miedo, un futuro débil y una mala gestión política.
Las consecuencias son desastrosas.
Tras las avalanchas de julio todo se está haciendo mal. Se tardó mucho en reaccionar y todavía hoy se sigue sin saber cuántas personas hay en las calles, en los montes o en casas, permitiéndose además que los asentamientos como el del Trampolín se hayan convertido en un auténtico descontrol.
Una ciudad que soporta tanta carga durante tanto tiempo; una ciudad que no ve soluciones factibles, ni obras, ni acciones claras deja la puerta abierta a cualquier cosa, a la expresión de cualquier sentimiento que sería repudiado en otros momentos.
El ejemplo lo tuvimos en la tarde de ayer. El grupo Negu Gorriak había anunciado su visita a Ceuta para este domingo. Lo había hecho con una tarjeta de presentación nefasta, acusando de producirse ataques racistas y fascistas, insultando y provocando cuando ya ni siquiera había salido de su tierra.
Los ceutíes no tardaron en movilizarse para protestar por la llegada de este grupo radical, de igual manera que lo han hecho con otros grupos o personas en concreto que han venido a Ceuta a practicar el oportunismo aprovechándose del hartazgo de un pueblo.
La diputada de Ceuta Ya!, Julia Ferreras, terminó siendo el objetivo. Atacaron su coche ante la creencia de que era uno de este grupo. Ningún episodio que termine de forma violenta puede ser permitido ni aceptado. En este caso tampoco.
Con la misma contundencia y claridad con la que hay que condenar actos de este tipo se debe criticar la forma en la que se está resolviendo una crisis que se ha salido de madre.
No se puede permitir la deriva que esto puede tomar. Mucho menos el baile de declaraciones al que nos tienen acostumbrados unos ministros que no resuelven, sino que perpetúan una situación extrema como la que se está viviendo.
La postura del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, es nefasta. No ahora, ya desde el minuto 1.
Convertir Ceuta en un CETI no es la solución, tampoco adoptar decisiones tan desastrosas como la del reciente traslado al puerto. Se están haciendo las cosas muy mal, y las consecuencias directas inciden en una sociedad que, de seguir por este camino, puede llegar a no reconocerse.
Hacer de Ceuta una olla a presión es el mayor error en el que se está incurriendo. Lo de ayer debe provocar una honda reflexión para no volver a incurrir en posturas así. Pero no ya solo por el ataque a dos vehículos, sino también por el recelo que se demostró ante la Policía, ante funcionarios que cumplen su labor y que no merecían ser tildados con calificativos hirientes.
Ellos están para hacer cumplir las normas, atender órdenes y priorizar que nada se descontrole.
Determinadas imágenes y comentarios no fueron buenos, tampoco adecuados, más bien impropios.






