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Protesta

Por ACEFEP / Basilio
19/04/2013 - 09:03
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Es mi opinión que hay cosas que están bien: son justas; las hay que están mal: son innobles; y por último, hay cosas que sencillamente “no pueden ser”. Acerquémonos. El ser del hombre está condicionado por dos experiencias incontestables, y cuyas naturalezas traspasan el legítimo deseo: la necesidad de alimento, y la escasez de recursos.
El modo en cómo se optimizan los recursos para cubrir el mayor número de necesidades lo llamamos “modelo económico”. Es probable que la necesidad y la escasez hagan que el hombre sea débil, vulnerable, y como consecuencia de ello obre con prepotencia y egoísmo (señas propias de la irracionalidad). Por otra parte, reflexionemos: si todos los días por la mañana, al salir de casa, nos encontráramos con un opulento manjar de frutos exóticos y pétalos de rosa, la naturaleza del hombre sería firme, inequívoca, irreductible. Pero no es así. Únicamente cuando el modelo económico cubra las necesidades básicas de la persona, en cuanto a ser biológico e inteligente, podremos hablar de su validez. Sólo entonces, opino, sería justo que el hipotético excedente pertenezca a quien ideó la fuente de riqueza. Es mi entender.
Pero, ¿cuál es la clave para vivir en una situación de normalidad, y auspiciar por fin unos instantes de descanso y bienestar? La respuesta: la eficiencia, puridad y ejemplaridad de la clase política. El complejo flujo de intereses en el universo socioeconómico hace obligado el arbitraje de aquellas personas que algún día decidieron dedicar su vida a servir a los demás. Si la pieza angular falla, se viene abajo el edificio, y esto se convierte en un “coge el dinero y corre”. Esto, no puede ser. Al viciarse el abanico de valores inherentes a la condición humana, como el compañerismo,  el gusto por hacer bien las cosas, la moderación, el decoro, el mirar por el bien común..., hacemos que vivamos en una situación permanente de imposibilidad. Además, la prodigalidad de la clase política, pienso, retrae la confianza de los inversores, quienes de otra forma a lo mejor abrazaban el mensaje de la generosidad.
Cuando lo normal es que el político “ponga el cazo” y otro lo llene, cuando lo normal es tener la ganancia inmovilizada en paraísos fiscales, o más allá, cuando lo normal es que el niño no estudie de pura desmotivación, cuando lo normal es que la familia esté desestructurada, cuando lo normal es tener un pleito con el vecino, cuando normal es llevar una vida sedentaria y que te atraquen la farmacia, y normal es el precio de una vivienda de hoy día, pues tenemos un sistema sin solución de principio. Hemos llegado a un punto, en que más que un arreglo, lo que hace falta es la refundación del género humano. Es hora de examinar la voz de la Historia con distancia, apropiarnos de nuestros logros y desechar nuestras inmundicias. Hemos de quedarnos con el espíritu de aquellos que se consagraron a la humanidad (un Arquímedes, un Isaac Newton, un Fleming, qué sé yo), y que fueron modelo de vida. La generación del 70. Es la nuestra una generación que ha crecido en un entorno parecido a la libertad y el bienestar. Aceptamos el reto de trabajar duro, pero el temor al “no hay futuro” está desmoralizando al personal, y un ser humano sin moral es un animal herido. Desconozco a quien le puede beneficiar esta situación de desconcierto generalizado. Toda vez el ser humano tenga cubiertos sus mínimos necesarios, el lenguaje de la humildad podrá obrar milagros, sólo entonces, y ya nadie será más que nadie.

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