Una compañera, profesora de Filosofía, al saberse cercana a la muerte, me dijo que ahora ya era filósofa, que sentía la esencia de lo que llevamos años explicando en las aulas: la libertad, la sociedad, la importancia de los otros, lo, la verdad y la irrelevancia de llevar máscaras para escondernos de nosotros mismos.
Creo que no quise tanto a nadie como a ella y su muerte me supuso convivir con una soledad que terminó por hacerse insoportable. Con el tiempo tuve que pagar cara su ausencia por no haber asumido sus palabras : "Sentirse filósofo".
No quise aceptar la realidad y caí en una depresión que tardé mucho tiempo en superarla.
Dentro de unos días pasaré por el quirófano para una intervención delicada y he vuelto a pensar en ella, en mi compañera, mi pareja pedagógica, como nos hacíamos llamar.
Desde el momento que supe de la inminente operación pasé todas las fases tan estudiadas por la psicología: incredulidad, impotencia, echar la toalla, enfado con el mundo y conmigo mismo.
Luego solté lastre tomando decisiones, poniendo orden en el desorden, como si fuera imprescindible y tuviera que dejar instrucciones escritas y habladas en este tiempo de retirada.
He pensado mucho en mi perra Abby de la que me siento completamente responsable, un perro es un ejemplo del amor desinteresado, de la fidelidad a cambio de nada, de la bondad reflejada en la mirada de sus ojos.
Reflexiono sobre el significado de sentirse filósofo y lo que sentía mi compañera. El valor de la libertad, lo que importan las cosas a las que no le damos importancia, lo poco que importan las cosas que creímos importantes, entender este entramado social tan corrompido en el que vivimos y en el que jugamos a disimular para no ser expulsados.
El éxito, el dinero, el poder en todos los sentidos...Todo se desvanece en segundos, es el peso de la paja, de la nada, la medida de lo minúsculo que ensombrece una luz que no vemos.
El mito de la caverna nos de aprender a vivir en la oscuridad sin querer salir de ella.
Pienso en todo lo que no me atreví, en las aventuras que dejé por el miedo, en las veces que me he sentido eterno, en la fuerza de mis planteamientos que ahora se esfuman por cualquier recoveco.
Sentirse filósofo es aprender a soportar la levedad del ser, apasionarte sin pasión, besar aunque no encuentres unos labios, asimilar que nada ni nadie es para siempre, que lo eterno dura un instante y que la vida es un paréntesis entre dos nadas.
Ser feliz, conquistar cimas, aventurarse a la aventura y reírte de la muerte para vencerla. Eso significa sentirse filósofo.
Platón afirma en el Fedón que «la filosofía es una preparación para la muerte”.
Ya os contaré. El cañonazo suena a las 12.






