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Escribir en caliente (12): El valor de la mujer en la defensa de Ceuta

Por Un observador impertinente
09/10/2026 - 07:13
Escribir en caliente (12): El valor de la mujer en la defensa de Ceuta
Imágenes cedidas
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El empoderamiento femenino podríamos definirlo como el proceso por el cual las mujeres ganan autonomía y control sobre sus propias vidas, y que tiene como fundamento la independencia personal y económica, la educación, la participación social y el liderazgo.

En la legislación española encuentra sus cimientos en la Constitución de 1978, pero no sería hasta 1983 que se empezó a desarrollar esta oportunidad colectiva, que vendría a consolidarse tras la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer de 1995. En nuestro país fue impulsado por el Instituto de la Mujer, siempre jaleadas y promovidas sus demandas por las asociaciones feministas y los partidos políticos.

Me crie entre siete hermanos. Mi madre y cuatro hermanas componían el plantel femenino familiar -que no era flojo- y las chicas estudiaron y se emanciparon con sus carreras profesionales en la década de los 70. Por aquel entonces -y quizás antes- no percibíamos la ausencia de la mujer en las diversas esferas sociales, pues en Ceuta y en el ámbito educativo, del comercio o de la administración, su visibilidad era frecuente. Nada excepcional parecía estar detrás de su presencia, salvo que habían sido mejores opositoras o empresarias que los hombres con quien se disputaran el puesto, bien de la administración o el comercio. Por poner de ejemplo el ámbito educativo recuerdo profesoras en institutos y colegios: Jarque, Caminero, Campoy,

Rebeca, Lilith, Leticia, Valderrama, Kely, Mosquera… que hacían usual la presencia de la mujer más allá del hogar. Cuando las jóvenes feministas de hoy (cada vez más jóvenes y con menos conocimientos de la historia) hacen alusión al «patriarcado castrante que impidió el empoderamiento femenino en el franquismo», supongo que en el sentido de censurar y recortar las libertades de las mujeres, y lo hacen con referencias a los tiempos de sus abuelos, me quedo perplejo ante historias en que no me reconozco, ni tampoco en ellas a mi ciudad. ¡Sí, es verdad que ese tiempo existió, pero fue anterior a tus abuelos, “jovena”!… como ahora los asuntos de “nietos” llegan hasta donde uno quiere todos los tiempos parecen iguales, pero no, no fueron lo mismo; yo, que soy abuelo, puedo decir que en los años sesenta y setenta no tuve la impresión de falta de participación de la mujer por exclusión premeditada o legal.

Sea como fuere, estamos actualmente en un tiempo de grandes expectativas para las mujeres, y la sociedad sabe, o debería saber, que no es posible construir un futuro prometedor si ellas no están con los hombres (o sin ellos) en los puestos que le correspondan por méritos propios.

En estos días tan inquietos (en el septuagésimo desde la invasión inmigratoria) no puedo dejar pasar la observación en cada concentración o marcha a la que acudo de la numerosa y activa presencia de la mujer; y constato como han tomado la iniciativa, de lo que me congratulo enormemente, porque sé que cuando ellas se organizan lo hacen mejor que nosotros, ya que tienen una capacidad de convocatoria y de comunicación que los hombres hemos perdido… y las batallas también se ganan desde las emociones.

Si antes ponía nombres a las docentes ahora lo hago a las voces que hoy nos revindican: África, Charo, Elisabeth, Fani, Gema, Isabel, Kumari, María, Maríjose, Maxi, Pili, Yoli, … Todas ellas, y muchas más, en la defensa de lo que representa Ceuta: ciudad, hogar, familia, cultura, creencias... todas demuestran una capacidad innata para proteger y defender al grupo, pues son luchadoras, empáticas con sus vecinos y firmemente comprometidas con la realidad social que nos ha implantado esta pléyade de sinvergüenzas nacionales y extranjeros.

Si tradicionalmente las mujeres han sido las que han cohesionado el tejido social de la comunidad, en estos días, además, destacan por su fuerza y su compromiso en el anhelo general de revertir la situación por la que estamos pasando.

Se hace por lo tanto necesario reconocer el valor de la mujer en Ceuta, así como de su liderazgo en esta lucha, demostrando una gran sensibilidad y firmeza al tiempo que desarrollando un papel esencial y extraordinario en este desafío: es muy fuerte que te entren por la puerta trasera de tu país miles y miles de personas extrañas a la ciudad, dicen que setenta u ochenta mil inmigrantes, pero no dicen que había otros miles que se quedaron en un “stand by” entre Castillejos y Ceuta ¿Qué hubiera sido de la ciudad si hubieran entrado todos los que querían hacerlo? Mejor no pensarlo, pero no olvidemos nunca, nunca, el peligro al que nos han sometido estos viles personajes a los que la traición, la indolencia o la ineptitud les habrá de perseguir siempre.

En los barrios, que son las zonas que menos vemos pero donde más se sufre la presencia de los inmigrantes invasores y ahora con la movida del desalojo de las playas más, las mujeres no sólo protegen el tejido vecinal, además sostienen la vida cotidiana y la asistencia diaria de los inmigrantes frente a la incertidumbre colectiva que esto provoca; llevadas, quizá, de ese instinto protector y social fruto de su propio componente biológico que los científicos llaman «cuidar y entablar amistad», frente al «lucha o huida» de los hombres.

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El comportamiento de la mujer caballa en la defensa de la ciudad es una muestra de una población donde naturaleza y cultura se complementan: de un lado, una resiliencia (hoy tan de moda) que es herencia de una Ceuta forjada ante una ciudad fronteriza deseada, de enormes tensiones geopolíticas, asedios, presiones migratorias y desarraigo poblacional; de otro, una fuerza de resistencia forjada de forma natural como si de defensa propia se tratara. Cuando el entorno se desestabiliza su respuesta protectora biológica y cultural se activa para salvaguardar la seguridad de las familias, el futuro de la ciudad o la propia soberanía territorial.

La historia de los pueblos suele escribirse a través de los hombres que marcharon a la guerra, pero la supervivencia de las ciudades se decidía, casi siempre, en la resistencia de quienes se quedaban para guardarlas. Hoy las mujeres no solo están “guardando” la ciudad: la sostienen, la defienden y la vertebran cuando el entorno más lo necesita.

Este coraje y sensibilidad social, que hoy vemos en nuestras calles y plazas, en las asociaciones y en el liderazgo vecinal frente a las tensiones sociales, es el eco de una herencia grabada en el ser de esta tierra. No es la primera vez que la ciudad se salva gracias a la determinación de las mujeres que aquí han vivido y viven y es de justicia mirar atrás y recordar su coraje en la defensa de Ceuta: un caso singular fue el de Agustina de Aragón, que se instaló en Ceuta con su familia (1847), y atendiendo la petición de ayuda que le hiciera el capitán general de la plaza para frenar una revuelta (1848), se vistió con su antiguo uniforme militar y acudió a parlamentar con los amotinados para evitar un enfrentamiento sangriento que ponía en peligro la ciudad; otras mujeres que lideraron la ciudad fueron Isabel Cabral o María de Eza (XVI), cada una en su tiempo vivieron momentos complicados al hacerse cargo de la defensa ante incursiones enemigas, con la plaza desprotegida y en ausencia de sus maridos, gobernadores de la ciudad que al mando de la tropa salían en descubierta fuera de las murallas; ellas asumieron el mando lejos de sucumbir al pánico, y dicen las crónicas que revestidas con el corselete militar arengaron a los pocos ciudadanos que quedaban (ancianos, enfermos y mujeres) organizando la defensa que logró mantener la ciudad a salvo hasta el regreso de la tropa.

Cuando el peligro acecha al grupo, la mujer no opta por la dispersión, antes bien activa una red de contactos y resistencias asumiendo la responsabilidad colectiva convirtiéndose en escudo de la comunidad. Si ayer fue Agustina en el penal, Isabel o María en las murallas, hoy son las mujeres caballas en cada rincón de Ceuta las que demuestran el mismo compromiso inquebrantable, el mismo carácter luchador y una capacidad única para tejer sociedad allí donde otros solo ven territorio fronterizo. El valor de nuestras mujeres sigue siendo, siglos después, la mayor garantía de futuro.

Las mujeres de Ceuta han sido siempre el alma indiscutible de las actividades culturales, recreativas, deportivas y de las festividades tanto cívicas como religiosas. Las fiestas patronales o las religiosas de cada una de las comunidades de nuestra ciudad no serían posibles si restáramos el esfuerzo, el entusiasmo y la capacidad organizativa de las mujeres ceutíes; la vida sociocultural y religiosa sería, sencillamente, pobre.

Este arraigo en lo cotidiano vuelve a conectar con ese instinto profundamente social y cohesionador del sexo femenino, pues la mujer ceutí no sólo ha accedido a las estructuras tradicionales de poder o de representación formal, ya que madres, esposas e hijas las ves volcadas en la construcción de la comunidad, en asegurar que el grupo permanezca unido, activo y orgulloso de nuestras raíces. Participar de forma masiva liderando los espacios de socialización y lucha de los ceutíes no es un mero pasatiempo para ellas, es una forma pacífica y poderosa de hacer patria, de mantener viva la ciudad, de presentarla cohesionada y resistente frente a los intentos advertidos de desestabilización exterior e interior.

El compromiso de la mujer ceutí con la realidad social se demuestra tanto en la gestión de esta crisis como en el mantenimiento de la alegría, la cultura y las tradiciones que nos definen.

Cuando oigo de sus gargantas «Ceuta no se vende, Ceuta se defiende», resonando sus gritos en las calles y plazas como proclama de lucha que no quimera coral, sus cantos me suenan a bellos cantos de ilusión, rapsodia de la esperanza que nos tiene prometida una Ceuta renovada.

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