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Jano III: después de la foto

Ceuta ya ha entrado en Bruselas. Falta saber si ha entrado también en su arquitectura

Por Juan Luis Muñoz Arbona
24/09/2026 - 07:30
Jano III: después de la foto
Imagen cedida
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El ruido

Las sirenas no han dejado de sonar. Desde finales de julio forman parte de una extraña banda sonora de Ceuta. A veces se escuchan en la calle; otras parecen continuar dentro de los teléfonos. Los grupos de WhatsApp hierven. Apenas circula un comunicado, una entrevista o una nueva decisión política, aparece inmediatamente la réplica. La crisis ha terminado convirtiéndose también en una crisis del relato.

Y el relato ya vive en prime time. Pedro Sánchez en La Sexta. Juan Vivas en Antena 3. Ceuta también en Cuatro. A cientos de kilómetros del Tarajal, los platós discuten quién vio venir antes la crisis, quién reaccionó mejor, quién consiguió más apoyo y quién defendió con mayor firmeza a la ciudad. Al viejo «y tú más» se le ha añadido una modalidad todavía más incómoda: el «yo más». Yo advertí antes. Yo conseguí más fondos. Yo llevé Ceuta a Bruselas. Yo logré que Europa reaccionara. Yo fui más contundente con Marruecos.

La política necesita relato. Lo que una ciudad sometida a una crisis de esta magnitud no puede permitirse es que el relato sustituya a la estrategia. Cada noticia parece necesitar inmediatamente un propietario político. Y cuando eso ocurre, el dato empieza a importar menos que la camiseta de quien lo pronuncia.

Ceuta no necesita ganar la batalla del relato. Necesita dejar de perder la batalla de la continuidad.

Bruselas: presencia no es permanencia

Sería injusto negar lo conseguido por Juan Vivas en Bruselas. La ciudad ha obtenido visibilidad, interlocución y una atención europea que durante demasiado tiempo llegó casi siempre después de cada emergencia. Se ha reunido con responsables comunitarios, ha situado la presión sobre Ceuta en la agenda política y ha abierto una vía en el Comité Europeo de las Regiones. El Parlamento Europeo ha debatido ya la crisis y la Comisión de Peticiones ha acordado una misión a Ceuta para 2027. Son movimientos reales y algunos pueden tener recorrido.

Pero precisamente porque son importantes conviene no confundirlos con algo que todavía no existe: una arquitectura europea propia y estable para Ceuta. Una agenda organizada a través de una familia política puede abrir puertas; no sustituye a una política territorial permanente. Una misión parlamentaria puede investigar y recomendar; no crea por sí sola capacidad de anticipación. Y una cesión temporal en el Comité de las Regiones da voz a un presidente, pero no equivale a crear estructuralmente una voz para Ceuta.

La distinción no es menor. Se ha cedido un asiento a Juan Vivas. No se ha creado un asiento para Ceuta. La primera decisión puede ser útil; la segunda exigiría pensar qué representación queremos que sobreviva al presidente, al partido y a la crisis que la hizo necesaria.

El Gobierno central despliega, entretanto, su propio paquete europeo: presencia permanente para Ceuta y Melilla dentro de la delegación española en el Comité de las Regiones, entrada en la Unión Aduanera, fondos, Frontex y la reivindicación de que la frontera sur reciba una solidaridad comparable a la que Europa exige en el este. El PP y el PPE exhiben su red de interlocución; Vox ha abierto una vía concreta en PETI. Europa empieza así a convertirse también en una medalla que unos y otros intentan colgarse.

Europa no debería ser una medalla. Debería ser una arquitectura que Ceuta pueda utilizar gobierne quien gobierne.

La próxima ronda de visitas políticas confirmará hasta qué punto Ceuta se ha convertido en una pieza de la batalla nacional proyectada sobre Europa. Utilizar redes partidarias para amplificar los intereses de la ciudad es legítimo. El problema comienza cuando confundimos esas redes con una estrategia europea de Ceuta.

Ceuta se ha nacionalizado como problema antes de haberse europeizado como estrategia.

Europa ya ha empezado a construir mecanismos

El discurso sobre el Estado de la Unión de Ursula von der Leyen introdujo una novedad que conviene reconocer. La presidenta de la Comisión afirmó de forma inequívoca que la frontera de Ceuta es una frontera europea y anunció un nuevo marco europeo de respuesta a emergencias para situaciones en las que los movimientos de masas sean organizados e instrumentalizados como arma. Habló también de reforzar Frontex, acelerar retornos, mejorar los sistemas de alerta temprana y aumentar la capacidad de detectar y anticipar lo que ocurre en línea.

Un día después, el Parlamento Europeo dio un paso político de mayor alcance. Por 339 votos a favor, 225 en contra y 16 abstenciones, condenó los cruces irregulares masivos de finales de julio, calificó la instrumentalización de la migración irregular como una herramienta de guerra híbrida contra la integridad territorial de un Estado miembro y afirmó que Ceuta y Melilla son ciudades españolas y europeas cuya soberanía está fuera de toda duda. La resolución pide más apoyo europeo, mayores capacidades de Frontex, cooperación efectiva con Marruecos y el retorno rápido de quienes no tengan derecho a permanecer, siempre dentro del Derecho de la Unión y del Derecho internacional.

La resolución revela, al mismo tiempo, la fractura política. Las derechas europeas han enfatizado control fronterizo, retorno y presión sobre Rabat; socialistas y verdes han insistido en que ninguna respuesta de emergencia puede vaciar las garantías de asilo y protección internacional. Feijóo y el comisario Magnus Brunner reclaman el retorno inmediato de quienes entraron irregularmente y que la Unión medie para que Marruecos cumpla sus compromisos de readmisión. Albares insiste en Frontex, en la integración institucional de Ceuta y Melilla y en una respuesta europea más amplia. Europa ya ha empezado a construir mecanismos. Lo que todavía no ha construido es un consenso sobre cómo utilizarlos.

Y en mitad de esa disputa están los menores. El Parlamento reclama el retorno de quienes no tengan derecho a permanecer, incluidos menores no acompañados, respetando siempre el Derecho europeo e internacional. En España, mientras tanto, Gobierno central y Ciudad discuten incluso sobre si ha existido o no una propuesta formal para trasladar a cientos de menores vulnerables a la Península. La política puede prometer soluciones en bloque; el Derecho obliga a examinar situaciones individuales y a colocar el interés superior del menor en el centro.

Cuando hasta los menores entran en la contabilidad del «yo más», conviene recordar que hablamos de personas antes que de argumentos.

Las puertas que ya existían

Lo paradójico es que no partimos de cero. Hace casi dos décadas, cuando la participación autonómica en los asuntos europeos empezaba a adquirir mayor densidad, ya existían mecanismos que permitían pensar una presencia territorial más sofisticada. Los acuerdos de la entonces CARCE de 2004 abrieron fórmulas de participación autonómica en determinadas formaciones del Consejo y reforzaron la conexión con la Representación Permanente de España ante la Unión Europea. Los órganos preparatorios del Consejo, la REPER, el Comité de las Regiones y las oficinas territoriales en Bruselas formaban parte de un ecosistema que muchas comunidades aprendieron a utilizar con continuidad.

Conocí de cerca aquella discusión. En el estudio de Josep M.a Castellà Andreu sobre la dimensión externa de la participación autonómica en la Unión Europea, elaborado a partir de una investigación desarrollada en Bruselas entre 2007 y 2008, aparezco entre los entrevistados como asesor del Gobierno de Ceuta. No lo recuerdo como una medalla personal, sino como evidencia de algo bastante más incómodo: algunas de estas preguntas ya estaban sobre la mesa hace casi veinte años.

Y no eran solo preguntas institucionales. En 2007, una conversación en el Hotel Brussels con Traugott Schoefthaler me permitió conocer de cerca otra tradición europea: la que intentaba construir confianza entre las dos orillas mediante cultura, educación y diálogo en torno a la Fundación Anna Lindh. Años después, en Bruselas, volverían a aparecer la Asamblea Parlamentaria de la Unión por el Mediterráneo, el Servicio Europeo de Acción Exterior, la sociedad civil, la juventud y la cooperación transfronteriza. Las puertas se abrieron. Lo que faltó fue convertirlas en pasillos permanentes.

Ceuta no careció de puertas. Careció de continuidad.

Y la continuidad es poco televisiva. Consiste en profesionales que siguen un expediente antes de que llegue al pleno, en memoria institucional, en relaciones que no empiezan con cada crisis, en saber qué grupo de trabajo prepara una decisión y quién puede introducir una posición cuando todavía es modificable. COREPER no es un asiento para Ceuta, ni debe presentarse como tal. Pero alrededor del Consejo existe una cadena preparatoria en la que las posiciones se construyen mucho antes de que aparezcan en una fotografía. Esa es precisamente la clase de Europa que una ciudad fronteriza necesita aprender a habitar.

Blindar no es lo mismo que disuadir

La respuesta a lo ocurrido tampoco puede agotarse en la idea de una Ceuta fortaleza. La seguridad fronteriza importa. Frontex puede importar. El refuerzo permanente de Policía y Guardia Civil, la inteligencia, la capacidad de identificación y retorno conforme a Derecho y unos sistemas de alerta temprana mucho más robustos son necesarios. Una frontera exterior europea no puede depender de la improvisación.

Pero blindar no es lo mismo que disuadir. Si la cooperación fronteriza con Marruecos puede convertirse periódicamente en instrumento de presión, España y la Unión deberían disponer de una política de reciprocidad graduada, verificable y jurídicamente sólida. Condicionar determinadas formas de cooperación a resultados objetivos, utilizar instrumentos europeos de presión económica o diplomática y estudiar medidas selectivas dirigidas a quienes toman decisiones es estratégicamente distinto de castigar a una sociedad entera.

La propia resolución del Parlamento Europeo apunta ya hacia esa lógica al reclamar reciprocidad y cooperación eficaz y vincular el acceso preferente al mercado europeo y a la financiación de la Unión con una cooperación efectiva en gestión de fronteras, lucha contra las redes de tráfico, identificación y readmisión. La firmeza inteligente hace recaer el coste sobre los responsables, no sobre una nacionalidad.

Esa distinción importa especialmente en una ciudad que durante décadas ha defendido que ser ceutí y español no depende del nombre, del origen familiar o de la manera de rezar. Por eso sorprende que la respuesta política empiece a quedar atrapada en un lenguaje casi exclusivamente de confrontación, blindaje y fortaleza. Vivas ha construido buena parte de su trayectoria sobre una idea cívica de Ceuta: una ciudad española precisamente porque puede contener identidades, credos y trayectorias diferentes. Esa idea no debería convertirse ahora en daño colateral de la crisis.

La Ceuta fortaleza puede proteger el perímetro. No basta para proteger la idea de Ceuta.

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La seguridad también mira hacia dentro

Hay además otra obligación que Jano no debería olvidar: mirar hacia dentro. La excepcionalidad de una emergencia puede justificar procedimientos extraordinarios, pero no puede rebajar los estándares de transparencia, control y rendición de cuentas. Cuando llegan cantidades extraordinarias de dinero público y se multiplican las contrataciones de emergencia, cada decisión debe poder explicarse con especial claridad. Pedir más capacidad para Ceuta exige también asumir más responsabilidad institucional en Ceuta.

Lo mismo ocurre con las consecuencias sociales y ambientales. La crisis ha alcanzado barrios, colegios, instalaciones deportivas, playas y espacios naturales. Las protectoras han pedido investigar con rigor desapariciones y posibles casos de maltrato animal, diferenciando hechos comprobados de rumores. Esa prudencia es imprescindible. También lo es reconocer que una emergencia prolongada en un territorio pequeño termina ejerciendo presión sobre personas, animales y ecosistemas.

El Rey ha puesto estos días el foco en otro aspecto menos estridente: el civismo de Ceuta y el trabajo de sus servidores públicos en una situación de extraordinaria complejidad. Conviene no perder esa mirada. Una ciudad puede reforzar su frontera sin hacer de la fortaleza su identidad.

La seguridad de una ciudad no termina donde acaba la valla. Incluye la posibilidad de caminar sin miedo, llevar a los hijos al colegio, cuidar el espacio público, proteger a los menores, preservar la convivencia y evitar que la biodiversidad se convierta en otra víctima silenciosa de una crisis mal gestionada. Responsabilidad individual por cada delito. Responsabilidad institucional por la seguridad. Nunca responsabilidad colectiva por nacionalidad. Pero tampoco silencio ante el daño cuando existen hechos que deben investigarse.

Del prime time al tiempo largo

Fernand Braudel habría reconocido probablemente nuestra dificultad: estamos atrapados en el tiempo corto del acontecimiento. Entrevistas, comunicados, visitas, resoluciones, fotografías y encuestas se suceden a una velocidad que apenas permite distinguir lo importante de lo urgente. Sin embargo, Ceuta pertenece también al tiempo largo de la geografía, del Estrecho y de unas relaciones mediterráneas que sobreviven a cualquier legislatura.

A una realidad de larga duración no puede responderse con una política de prime time.

La frontera seguirá aquí cuando termine la campaña española. Seguirá aquí después de las elecciones marroquíes. Marruecos seguirá siendo vecino, socio, competidor y, en determinados ámbitos, fuente potencial de presión. Europa seguirá necesitando una política mediterránea. Y Ceuta seguirá necesitando seguridad sin convertirse únicamente en muralla.

El tablero, además, es cada vez menos bilateral. Europa explora nuevas formas de asociación estratégica más allá de sus fronteras mientras Marruecos profundiza sus relaciones con Estados Unidos e Israel. La frontera es local; el sistema de alianzas que la condiciona ya no lo es. Pensar Ceuta únicamente como un expediente hispano-marroquí resulta insuficiente.

Por eso resulta llamativo que la dimensión mediterránea haya quedado tan desdibujada en la agenda reciente. Existe una Delegación del Parlamento Europeo en la Asamblea Parlamentaria de la Unión por el Mediterráneo. Existen redes universitarias, culturales y de sociedad civil. Existe la Fundación Anna Lindh para el diálogo intercultural. Existen instrumentos que no sustituyen a Frontex, pero que responden a otra pregunta igualmente estratégica: qué relaciones queremos construir antes de la próxima crisis.

Ceuta necesita más Frontex cuando la situación lo exige. Pero necesita también más Mediterráneo.

Cuando termine el ruido

Esta semana, mientras la política adulta compite por quién ha defendido más a Ceuta, el calendario nos acerca al Día Internacional de la Paz. En el aula la pregunta puede ser mucho menos grandilocuente y quizá por eso más útil: ¿qué significa sentirse seguro en una ciudad fronteriza? ¿Puede una frontera ser firme y seguir abierta al diálogo? ¿Qué puede hacer un joven para proteger la convivencia de su propia ciudad?

No son preguntas ingenuas. Una vieja canción desconfiaba precisamente de la comodidad de suponer que la paz es siempre un objetivo compartido. Tal vez por eso educar para la paz no consista en fingir consensos fáciles, sino en aprender a convivir con intereses, memorias y relatos que no coinciden. La paz no elimina amenazas, delitos, intereses nacionales o conflictos de soberanía. Exige instituciones suficientemente fuertes para que la firmeza no necesite odio, la seguridad no necesite simplificaciones y la cooperación no se confunda con dependencia.

El 21 de septiembre puede servir para recordar que una frontera se protege también educando a quienes mañana tendrán que habitarla. Y quizá convenga escuchar sus respuestas antes de decidir que el único futuro imaginable para Ceuta es una fortaleza cada vez más alta.

Algún día las cámaras se marcharán. Los grupos de WhatsApp encontrarán otra polémica. Las sirenas dejarán de formar parte de la banda sonora de esta crisis. Entonces importará mucho menos quién ganó el debate de una noche y mucho más qué quedó en pie cuando terminó el ruido.

Ceuta ya ha conseguido entrar en Bruselas. Ahora toca averiguar si ha entrado también en su arquitectura.

Jano mira hacia más de un lado. Ceuta debería hacer lo mismo: hacia Europa sin delegar su voz en una familia política; hacia España sin convertirse en munición electoral; hacia Marruecos sin ingenuidad; hacia el Mediterráneo sin renunciar al diálogo; y hacia dentro, para proteger la convivencia, la transparencia y aquello que hace que una ciudad merezca ser defendida.

Ceuta puede ser frontera de Europa sin convertirse únicamente en muralla de Europa.

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