El peregrinaje a Santiago ha trascendido de tal forma que actualmente ha sido definido como fenómeno religioso-social de carácter internacional. Llama la atención la variedad de nacionalidades con las que podemos coincidir al caminar, y en base a mi apreciación totalmente personal, los europeos son los más frecuentes, y aunque abundan los norteamericanos, en el año 2013 los más numerosos eran coreanos. Me sorprendió, francamente. La verdad es que el afirmar su origen no es debido a un conocimiento personal que poseo sobre los pueblos de oriente, sino a la información facilitada por el camarero del restaurante navarro cuando comentábamos sobre lo observado.

Aquel año iniciábamos el Camino en San Jean Pied de Port (Francia) con la mirada puesta en Roncesvalles y la esperanza de que aquel soleado día que nos había sorprendido al amanecer se mantuviera, al menos, mientras superásemos las cumbres de los Pirineos.

Ya desde el mismo momento de partir, nos congratulaba ver cómo peregrinos de todos los rincones se preparaban felizmente para lo que se suponía una dura etapa. Cruzaban aquella pequeña “Torre de Babel” unos caminantes silenciosos que impecablemente equipados, marchaban con tanta firmeza, que parecían tenerlo todo muy bien controlado. Eran orientales. Señores que destacaban por su indumentaria porque, además de no faltarles ni un detalle, siempre dan la sensación de ir de estreno. Cuidadosos de su piel, aparte del sombrero, con un paño resguardaban la cabeza de rayos solares dejando al descubierto solamente los ojos (protegidos con gafas oscuras), la nariz y la boca untadas con cremas protectoras. En relación a la información, igual, con sus mapas y sus libritos parecen conocer previamente hasta los más mínimos detalles de los pueblos que visitan, mientras que, con las máquinas fotográficas, captan todo lo que de novedoso hallan en plantas, paisajes, aldeas…

No puedo evitar una sonrisa cuando me viene a la memoria la imagen de aquellos coreanos mayores con los que coincidíamos por tierras navarras. Cada vez que nos alcanzaban o viceversa (cosa que no llego a comprender pues sus pasos, comparado con los nuestros, parecían cortos y lentos), la contestación que recibíamos a nuestro “BUEN CAMINO”, era algo diferente, ininteligible (más o menos como lo haría yo intentando expresarlo en su idioma), pero siempre acompañado con un gesto tan simpático que incluso sus ojos se empequeñecían tras sus ahumadas lentes.

La última vez que nos sonreíamos fue en Logroño fotografiándose delante de la Catedral, luego les vi dirigiéndose, con su paso corto y lento pero constante, a la calle del Laurel famosa por su tapeo, y es que, estos simpáticos señores, vienen muy bien informados y preparados.