La españolidad de Ceuta es nuestra seña de identidad por excelencia. Es un sentimiento incrustado en lo más profundo del alma colectiva de este pueblo. Más allá de los diferentes matices o intensidades con los que cada cual lo pueda interpretar, asumir o exhibir; lo llevamos a flor de piel. Nos espolea. Nos convulsiona. Nos tensiona. Nos electriza.  Es una reacción consecuente que se ha forjado durante un largo proceso de asedio político promovido por la intención anexionista de Marruecos. En el que nos hemos encontrado demasiado solos. Es fruto de la rabia que produce que nos arrebaten la tierra que amamos. Aquella que imprime sentido a nuestra vida colectiva en su dimensión histórica.

Sin embargo, este principio de primera magnitud (con la categoría de constituyente) se ha ido devaluando de manera progresiva en los últimos tiempos. Desde la claudicación histórica, rubricada con la aprobación del Estatuto de Ciudad Autónoma, que nos expulsó de la configuración territorial del estado que establece la Constitución en su artículo ciento treinta y siete, la españolidad de Ceuta pasó de ser un concepto político a convertirse en un concepto sentimental. Los partidos traidores a Ceuta (PP y PSOE) pactaron “por cuestiones de estado” mantener la españolidad de Ceuta (sólo) en los corazones de los ceutíes, pero sacarla de todos los foros políticos para negociarla “en el momento más conveniente para ambos países”. Nadie tiene prisa al respecto; pero la suerte está echada. Han reducido nuestra españolidad a una especie de reliquia que el paso del tiempo terminará por convertir en irrelevante. Se va desvaneciendo de generación en generación. Hoy, todos los ceutíes “quieren” que Ceuta sea España, pero ya son muy pocos (acaso nadie), los que están dispuestos a luchar y hacer algún sacrificio para que Ceuta sea España.

En este drástico y definitivo cambio de coordenadas, el PP tiene un pape especialmente protagonista. Con la fe del converso, no sólo asumió las tesis entreguistas inspiradas por Felipe González y el Grupo Prisa, sino que las enfatizó y perfeccionó hasta su culminación. Mientras agitaban sus banderitas españolas como fetiches baldíos, y regalaban lo oídos de un pueblo torpe y fácilmente manipulable con hueros discursos patrióticos, ejecutaban en la clandestinidad una política de desconexión plenamente favorable a los intereses de Marruecos. Los más benévolos se agarran como náufragos a la tesis de que “no se puede hacer nada más, la correlación de fuerzas es la que es, y más vale tranquilidad a corto plazo que un conflicto que tenemos perdido de antemano”.

Por eso indigna sobre manera que sea precisamente el PP, el que irrumpa en la opinión pública acusando a otras fuerzas políticas (en este caso a Podemos) de no defender la españolidad de Ceuta, pretendiendo erigirse en valedores de esta causa. Un cinismo insoportable. Propio de los sinvergüenzas de la peor calaña. Ellos, los que más daño han hecho a este pueblo, los que han firmado la entrega de la manera más vergonzante, se permiten el lujo de difamar con falsedades a quienes no tienen responsabilidad alguna. Su única intención es seguir embaucando a los ceutíes cuya candidez ya se desliza hacia la estupidez.

Dice el Presidente (de Ceuta y del PP) que la defensa de la españolidad de Ceuta está en el ADN del PP. Hay que tener la cara muy dura para hacer semejante aseveración. El PP lleva gobernando seis años (además de otros ocho en una etapa anteriora) y es el Grupo Parlamentario mayoritario. Si defendieran la españolidad de Ceuta habrían acometido, como mínimo, las siguientes iniciativas: Dotar a Ceuta del rango de Comunidad Autónoma; solicitar el Ingreso de Ceuta en la Unión Aduanera (con la consiguiente implantación de una aduana comercial); incluir Ceuta bajo el paraguas de la OTAN; y reclamar las aguas territoriales que corresponden según derecho internacional. Todos los ciudadanos y territorios españoles disfrutan de estas condiciones elementales, menos Ceuta  y Melilla. No hablamos siquiera de “conseguirlo” sino de “intentarlo”. No entra en sus planes de “férrea amistad y colaboración con Marruecos”. Nada de lo que supone (con hechos) la defensa de la españolidad de Ceuta figura en la agenda política del PP. Ni antes, ni ahora, ni nunca.

Lo que realmente está en el ADN del PP de Ceuta es la mentira, el  engaño y la traición. Lo peor es que con esto les llega para ganar elección tras elección.