Un año más, el pasado mes, estuvimos en Fitur. ¿Para qué?, me volví a preguntar. ¿Cuántas veces habremos acudido a esa coctelera de lujo del turismo, con los consiguientes gastos, y qué rentabilidad nos ha ido generando? Me alegraría equivocarme, pero de la nueva cita madrileña me temo que poco o nada podemos esperar al menos en las actuales circunstancias que concurren en la ciudad.

El turismo en Ceuta es asunto de tarifas navieras asequibles, de imagen, de generosas ayudas de las administraciones, de iniciativas e inversiones privadas, de chispa, de imaginación, de mimar los pequeños detalles, de voluntad de creernos lo que pretendemos ser y, ahora más que nunca, de la frontera… ¡Ay el Tarajal! Resulta que, quizá más que el precio de los barcos, se nos ha convertido en el principal y más importante problema para hacer realidad esa deseada ciudad turística que, lejos de avanzar, parece dar pasos hacia atrás. Y mire Vd. que de lo del turismo de Ceuta se viene hablando ya desde casi un siglo.

El 27 de julio último y a propósito de esto, me retrotraía a los primeros movimientos que en torno a este tema se pretendían dar en la ciudad, allá por los años veinte. Me apoyaba en cuanto decía al respecto el desaparecido diario ‘La Opinión’, el precursor de ‘El Faro’, dejando para más adelante esta particular historia de nuestro turismo y que hoy retomo.

Pues bien, entroncando ya en 1934, transcribo lo que entre otras consideraciones recogía nuestro diario decano, precisamente en la edición del día de su nacimiento: “Sin que nada se haya hecho, o habiéndose hecho muy poco –y esto por plausibles iniciativas particulares- se ha experimentado desde hace unos seis años, una corriente turística que, bien aprovechada, hubiera ido en aumento y que, desatendida y a veces maltratada, ha disminuido y sigue esa marcha descendente.”

Más adelante y hablando de las alturas de García Aldave y el Hacho, el articulista abogaba por la: “instalación de establecimientos con servicios de café, venta de postales, en donde podrán organizarse grandes fiestas y establecer atracciones como tienen el Tibidabo de  Barcelona o el Igueldo en San Sebastián”.

Y en pleno apogeo del creciente interés que despertaba por entonces el exotismo marroquí, se pedía que la corriente turística que pasaba por Ceuta se pudiera quedar aquí, al menos un día. Así, como suena. Por ilusión que no quedara. Pero de aquello no volvió a hablarse con la guerra civil de por medio y con la oscura y deprimida ciudad nuestra de los siguientes años cuarenta y primera mitad de los cincuenta.

Así hasta que hace nada menos que cincuenta y siete años, Ceuta era declarada ‘ciudad turística’ por el extinto ministerio de Información y T. “Una de las provincias africanas más importantes de España y uno de los centros turísticos preferidos del Estrecho”, destacaba la O.M. del 26 de noviembre de 1959, que resaltaba también la condición de puerta natural entre Europa y África, paso anual de 250.000 pasajeros, movimiento del puerto de más de 7.000 barcos y 20 millones de toneladas, el tercero de España después de Las Palmas y Tenerife, “por su privilegiada situación”. Qué pena por cierto de aquel esplendor portuario, ahogado progresivamente por la competencia del superpuerto que comenzó a levantarse años después en Algeciras, y las progresivas desventajas con el de Gibraltar, mientras el nuestro iba quedando a merced de su suerte.

Pero a lo que íbamos. Aquella declaración de ‘ciudad turística’ conllevaba la constitución de la Junta Provincial de Turismo, consignaciones ministeriales, beneficios del crédito hotelero para los establecimientos del sector que se afincaran, incremento de festivales, impulso de los alojamientos y mejora de las comunicaciones con la Península, reducidas por entonces a una sola rotación en invierno y dos en verano.

Eran momentos para el optimismo, ciertamente. Tanto que se volvía a apuntar al viejo tópico del mítico monte Hacho como un gran referente, con su casino, su funicular, sus hotelitos, villas y lugares recreativos del estilo del desaparecido ‘Edén Beach’ de Enrique Cataneo en San Antonio. Paralelamente se inauguraba el célebre ‘Solymar’, en Arcos Quebrados, el primer paso de un complejo adicional que se pretendía continuar con un túnel bajo la carretera para el acceso a la playa, una serie de elegantes terrazas, jardín tropical, pájaros exóticos, acuarios y, en el hueco del monte, cara a la carretera, diez bungalows independientes.

Nada de ello se hizo realidad. Si, en cambio, la construcción del hotel ‘La Muralla’ con sus 90 habitaciones, al que se consideraba que podría ser el buque insignia de ese turismo y que hoy se nos ha quedado anticuado. Claro que, por lo menos, ahí sigue en pie. No así el proyecto del ‘Soliymar’, que quedó convertido después, una vez que se iba produciendo el masivo éxodo de españoles en el Protectorado, en un popular cabaret que terminó cerrando sus puertas una década después.

¿Alguien es capaz de imaginar aquel citado proyecto de Arcos Quebrados, convertido en una zona especialmente caliente con los vándalos de turno y sus incendios provocados, los reiterados apedreamientos y emboscadas a bomberos y policías, el colapso total que se genera en la carretera y en la frontera, con esa playa tantas veces ocupada por los porteadores, la inseguridad ciudadana en todo el área, los asaltos a la valla… Y pare Vd. de contar si nos vamos por otros parajes.

Desgraciadamente Ceuta es noticia por tantos asuntos negativos como los que vienen produciéndose en esa frontera, que la atención de potenciales visitantes, por más encantos que le pintemos en Fitur o en cualquier otra propaganda o foro turístico, lo que impacta, es lo que más suena con fuerza en los medios y, desgraciadamente, lo que queda es esa otra cara de la ciudad que escapa de sus foros propagandísticos.

Difícil me lo ponéis, amigo Sancho, que diría el clásico.